Adiós José Mujica


Adiós José Mujica: El presidente que vino de otro planeta
POR: MARCIANO DOVALINA



Hoy, la Tierra se quedó un poco más sola. Se nos fue José “Pepe” Mujica, el expresidente de Uruguay que jamás actuó como tal, porque antes que presidente fue sembrador, soñador, guerrillero, prisionero, filósofo y sobre todo… humano. Tan humano que parecía extraterrestre. Tan sencillo que desentonaba con los trajes de gala y las alfombras rojas. Tan lúcido que muchos creyeron que estaba loco.

Mientras el resto del mundo discutía sobre tasas de interés, combustibles fósiles y pactos de poder, Mujica hablaba de amor, de pobreza digna, de sobriedad voluntaria, de perros tuertos y mate caliente. Tenía una cabaña por palacio, un escarabajo por limusina, y a su compañera Lucía por primera dama y primera revolución.

No gobernó como un político, sino como un campesino que intenta curar un campo que otros dejaron seco. Regó las ideas, desmalezó la codicia, y dejó crecer una esperanza tosca, pequeña, pero viva. Mientras otros exmandatarios posan para retratos oficiales o escriben memorias que nadie leerá, Mujica deja frases sembradas en los corazones:

“No somos pobres, somos austeros. Pobres son los que necesitan mucho.”

Hoy que se ha ido, dan ganas de mirar al cielo y preguntarse si realmente era de este mundo. ¿Y si no lo era? ¿Y si Mujica fue una especie de emisario enviado desde algún rincón más sabio del cosmos, solo para recordarnos que la política también podía tener alma? Que no todo era cinismo y estrategia, que aún quedaban hombres capaces de hablarle al mundo desde una trinchera de ternura.

Se fue sin escándalos, sin fortunas, sin blindajes. Se fue como vivió: libre. Y en un mundo que idolatra lo efímero, lo grandilocuente y lo vacío, su partida es un recordatorio de que la coherencia y la bondad, aunque parezcan reliquias, todavía existen… o al menos existieron, en un viejo agricultor de ideas que supo ser presidente sin dejar de ser pueblo.

Buen viaje, Pepe. Gracias por demostrar que todavía es posible tener el poder… y no perder el corazón.

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